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| Disclaimer:De los personajes, Stephenie Meyer. De la historia, icecoldhamster. De la traducción, Sol. Sinopsis: Cítricos OSs de Edward y Bella en la vida matrimonial. |
‗‖Capítulo 6‖‗
.Suya.
¿Se fue?
¡Se fue!
¿Cómo pudo sólo irse?¡Se fue!
¡Y seguía insistiendo en que era mi dueño!
¡Ughh!
Recogí mi vestido y el patético trozo de tela que solía ser mis bragas, y caminé hacia la puerta, ignorando completamente sus ropas. Las podía recoger él mismo, por supuesto que yo no lo iba a hacer por él. Quizás si no me hubiera hecho encabronar tanto las hubiera puesto a lavar junto con las mías, pero ahora no había manera de que eso pasara.
Podía volver y recoger sus propias prendas.
Parecía una venganza hueca. ¡Oooh!, gran cosa el que tuviera que recoger su propia ropa, de todos modos, no era como si no lo hiciera.
¡Ughh!
Aguarda… ¿venganza? ¿Dije venganza?
Fruncí el ceño. ¿Para qué quería vengarme? ¿Qué era exactamente lo que me había hecho?
Era un cabrón, sí, pero, ¿qué era lo que en realidad había hecho?
Insistía en que le pertenecía.
Pero así era, ¿no?
Sí. Lo era. Pero no en la forma en la que él lo estaba pensando, ¿verdad?
Fui hasta mi recámara mientras trataba de distinguir la línea delgada entre ser suya y poseerle. Arrojé mi vestido y bragas —si es que pudieran llamarse así ahora— en el piso junto a la cama, haría algo con eso luego, en ese momento quería tomar una ducha. El agua podría ayudar a mi pobre y confuso cerebro. Agarré una toalla y me dirigí al baño.
Él estaba ahí.
¡Por supuesto que estaba ahí! ¡Justo tenía que decidir tomar un baño cuando yo necesitaba uno!
¡Bien! Tomaré una ducha abajo. ¡A ver si le gusta el agua helada! ¡Já!
Di la vuelta y fui al baño del piso inferior, no estaba segura de si él me había notado. Francamente, no me importaba, estaba tan absorta en pensamientos.
Abrí la llave del agua y me metí en la ducha, cerrando la puerta detrás de mí. Puse el agua lo más caliente que se podía, se sentía bien. No me había dado cuenta de lo fría que estaba. Supongo que en realidad no me debería haber sorprendido tanto como lo hice, estaba caminando desnuda alrededor de la casa.
Tal vez si alguien no me hubiera roto mis bragas no hubiera estado tan desnuda.
¡Ughh! ¡Ahora estaba siendo ridícula! ¡Él rompía mis bragas todo el tiempo, y en ese momento nunca me importaba! ¡A él nunca le importaba que yo rompiera su ropa! Él tenía más de una razón para enojarse también, yo había roto camisas, no sólo ropa interior endeble.
¡Ughh! ¿Por qué todavía seguía tan enojada? ¿Por qué no podía encontrar la línea que él había cruzado? ¿Por qué…
La puerta de la ducha se abrió de golpe, revelando a un Edward iracundo.
—¿Qué? —pregunté fríamente.
¡Por Dios!, ahora ni siquiera podía controlar mi tono de voz. Era como si mi cuerpo supiera por qué estaba enojada con él, pero mi mente aún estaba pasos atrás.
—Estás usando mi agua caliente —dijo simplemente, mirándome de arriba abajo.
—¿Tu agua caliente? No sabía que ahora también fueras dueño del agua.
Rodó los ojos.
—Estaba en la ducha primero, eso la convierte en mi agua.
—Mala suerte —me encogí de hombros—, también necesito una ducha.
—Entonces, espera hasta que haya terminado.
¡Já!
—No.
Entrecerró los ojos.
—Bien —y se metió en mi ducha.
—¿Qué crees que estás haciendo? —me volví para interponerme en el flujo del agua.
—Compartiendo —cerró la puerta y se deslizó pasándome para llegar al agua.
¿Qué carajos? ¿Cómo había sólo…
¡Ughh!
¡Bien! ¡Si así lo quería, así lo tendría!
Me escabullí delante de él para llegar al agua fluyendo y agarrar una esponja. Le eché un chorro de jabón en gel y comencé a enjabonar mi cuerpo con ella.
Él dejó de moverse. Podía sentirlo detrás de mí. Más importante todavía, podía sentirlo detrás de mí. Contuve una sonrisa, recorriendo mis pechos con la esponja, masajeando el espumoso jabón en mi piel.
Exhaló con fuerza.
Estaba enojado.
Probablemente porque estaba acomplejado. ¡Pues bienvenido al club, cariño! Él me deseaba. Lo sabía, la evidencia estaba presionándome la espalda. Pero estaba enfadado, aunque yo no sabía por qué. Podría ser a causa del agua. Eso era lo único por lo cual podría estar enojado, ¿no?
No me importaba.
Me doblé por la cintura para pasar la esponja sobre mis piernas y lo oí gemir. Estaba siendo cruel, lo sabía, y estaba sorprendida de lo mucho que lo disfrutaba.
Me incorporé y lo miré. Tenía la mandíbula apretada, tal y como estaban sus puños. Su cuerpo estaba rígido y sus ojos estaban ardiendo.
Di un pequeño paso hacia atrás, de modo que ya no lo tocaba.
Me siguió con un paso bastante largo. Bien. Eso era lo que yo quería.
—¿Qué estás haciendo? —le pregunté.
Se inclinó para gruñir en mi oído:
—Deja de joderme, Bella —me agarró de la cadera, jalándome hacia él.
Una vez más me sentía estropeada. Quería responder. Demasiado. Pero aún seguía tan enojada. ¿Quién diablos se creía que era? Oh sí, mi dueño. ¡Pero yo era suya! Al igual que él era mío. ¡Pero había una diferencia! ¡Tenía que haberla! ¡No estaría así de enojada si no la hubiera! ¿Cuál era la jodida diferencia? ¡Por qué carajo no podía encontrarla!
Me libré de su agarre, mi ira y frustración prevalecían por encima de mi deseo, y abrí la puerta. Volví atravesando la casa a mi habitación, ignorando mi toalla y la puerta de la ducha, la cual había dejado abierta.
Me acerqué a su cómoda y saqué un par de bóxers y una camiseta. Me los puse y me metí a la cama, con todavía un ceño fruncido en mi cara. Me tumbé en la cama, sobre las mantas.
Entró en el cuarto, todavía tan excitado como aparentemente estaba yo, y se dejó caer en la cama.
Desnudo.
Mojado.
Espléndido.
Era verdaderamente una distracción. Mis ojos estaban fijos en su polla mientras reflexionaba en ser suya y poseerle.
Era suya, en el sentido de que era dueño de mi amor. Pero no era dueño de mi derecho de darle ese amor. Esa era mi elección. Era por eso que estaba tan encabronado cuando pensó que yo estaba flirteando con ese chico. ¿Realmente era tan inseguro? ¿Dudaba tanto de mí, que quería tomar esa decisión por mí, en caso de que alguna vez cambiara mi decisión de darle mi corazón?
Una nueva y fresca rabia se construyó dentro de mi estómago. ¿Cómo podía dudar de mí? ¿Alguna vez le había dado razón para eso? ¿Le sonreía a un niño y se volvía loco? ¡Hombre ridículo!
Estaba estropeada de nuevo. Por un lado, estaba extremadamente ofendida de la poca fe que le tenía a mi fidelidad. Pero por el otro, quería abrazarlo cerca de mí y calmar…
Oh, Dios.
Se estaba acariciando.
Vi como su mano se movió suavemente por encima de su erección.
—Detente —ni siquiera me había dado cuenta de que había hablado. No sabía por qué lo había hecho. Quería que continuara. Pero quería ser yo quién lo hiciera. Sin embargo, no podía tener ambos.
¡Ughh!
Paró su mano y levanté la cabeza para encontrarme con su mirada.
Debió de haber visto algo allí en mis ojos, porque al siguiente segundo, estaba tomando la decisión que yo no era capaz de tomar por mí misma.
Me estaba besando, y yo estaba respondiendo. Decisión tomada. Pasada la parte más difícil. Ahora podía rendirme.
Levantó su demasiado grande camiseta por sobre mi cabeza, y me atrajo a su regazo antes de fundir nuestros labios juntos otra vez. Gemí en su boca cuando sus manos encontraron mis pechos. Los palmeó suavemente, probablemente tratando de compensar su falta de caballerosidad de antes. Era un fuerte contraste de cómo sus labios se movían. Frenéticamente. Cubrí su mano con la mía y presioné más fuerte. Pareció captar la idea, y amasó mis pechos más duro.
Me aparté de sus labios para respirar, él se movió besando mi cuello. Suspiré. Sentí un tirón en los bóxers que llevaba y me alejé de él, estaba encima de mí, atacando mi cuello de nuevo, antes de que mis manos hubieran llegado a ellos. Me reí de su impaciencia.
Retrocedió y levantó una ceja. Traté de salir de sus bóxers, no era fácil con él aún arriba de mí. Se movió, agarrando los extremos con sus manos. Las bajó por mis piernas, tan rápido, que por un momento me quedé atontada.
Me alcé sobre mis codos, observándolo. Me devolvió la mirada, pasando sus manos por mis pantorrillas, moviéndolas hasta las rodillas y a lo largo de mis muslos.
Mi respiración se profundizó en anticipación.
Abrió mis piernas aún más.
Pasó un dedo por entre mis labios.
Mi respiración se atoró.
Deslizó su dedo en mí.
Lloriqueé.
A él le encantó. Estaba sonriendo.
Mi enojo rápidamente regresó desde donde había desaparecido y sacudí mis caderas.
Levantó la mirada para verme la cara, deslizando otro dedo.
Mis ojos se pusieron blancos y mi cabeza colgaba.
Pasó su pulgar, lentamente, desde donde sus dedos se encontraban dentro de mí, a mí clítoris, presionando con fuerza.
Gemí roncamente.
Sonrió con esa arrogante sonrisa antes de alejar sus manos.
Los reemplazó con su boca antes de que tuviera la oportunidad de protestar. Metió su lengua en mi entrada mientras continuaba acariciando mi clítoris con su pulgar.
Gemí incesantemente.
Rió entre dientes en mí; perdiendo el enfoque y ejerciendo más presión en mi clítoris.
¡Oh, Dios! Podría haber llegado allí.
Mis gemidos se hicieron un poco más agudos, a medida que él trabajaba su mano de forma irregular.
Movió su boca a mi clítoris para chupar duro, mientras sus manos bajaban a mi entrada. Deslizó dos dedos en mi interior, retorciéndolos ligeramente y bombeando rápido.
Volví a caer en mis codos y me agarré el cabello, tratando de aferrarme desesperadamente al último pedazo de mi control, el cual se estaba desvaneciendo rápidamente.
—¡Ughh, Edward!
Se arrastró por la cama y se recostó a mi lado, mirándome recuperarme.
Trazó patrones a lo largo de mis pechos, mientras mi respiración se regulaba. Lo miré, su boca estaba reluciente y llevaba una sonrisa tonta. Le devolví la sonrisa. No pude evitarlo, no me había olvidado de que estaba enojada con él. Tendría que ponerlo derecho.
Sentándome, lo empujé un poco por los hombros para conseguir que se recostara de espaldas y me senté a horcajadas en sus caderas, posicionándome justo encima de su polla.
Me agarró las caderas y trató de jalarme hacia abajo en él.
—Detente.
Me miró desconcertado.
—Tenemos que hablar.
—¿Ahora? —farfulló.
—Sí, ahora. Todavía sigo enojada contigo. No eres mi dueño.
Sus facciones también se nublaron de ira.
—Aguarda —lo detuve antes de que pudiera decir nada—. No eres mi dueño. Soy tuya, pero no eres mi dueño. Y sé que eso realmente no tiene mucho sentido, pero allí hay una línea, una diminuta y exasperantemente difícil de encontrar pequeña línea. Allí está —respiré profundamente—. ¿Por qué eres tan inseguro? Sabes que te amo. Tienes mi corazón, tienes mi cuerpo. Diablos, incluso tienes mi alma; no sería nada sin ti. ¿No es suficiente? ¿Qué más necesitas?
—Bella —tomó una bocanada de aire. Sus manos se crisparon en mis caderas. Contuve una sonrisa, no sería el momento para eso ahora. Sin embargo, me divertía la urgencia en su lenguaje corporal—. Soy un hombre celoso, ¿de acuerdo? Eres todo lo que necesito, si un hombre te manosea con la mirada no puedo evitar enfadarme, volverme loco.
—Quizás, ¡pero no necesitabas acusarme de flirtear! Jesús, Edward, el chico tenía como 16.
—¡Lo siento! ¡Es sólo que me volví loco, con un carajo, no puedo evitarlo, Bella!
—¡Deja de gritar!
—¡No estoy gritando!
—¡A qué sí!
Rodó los ojos. Me di cuenta de que estaba conteniendo una réplica.
¡Gané!
Le sonreí. Él me devolvió la sonrisa.
—Lo siento —dijo en voz baja.
Me incliné y le besé los labios rápidamente antes de hundirme en él. Estaba perdonado.
Gimió y aferró mis caderas con más fuerza, guiándome hacia arriba y hacia abajo en su polla al ritmo que quería. Lo dejé.
Movió sus manos a mis pechos, sujetándolos mientras los rebotaba en sus manos.
Dejé de moverme. Sus ojos se movieron como relámpago para mirarme.
—Bella…
Lo interrumpí con una risita. Era bastante gracioso cuando estaba frustrado.
Gruñó en broma y nos rodó. Sostuvo una de mis piernas hacia un lado y se estampó en mí.
Repetidamente.
Su respiración era irregular en mi oído.
Desplazó su peso, flexionando sus rodillas debajo de él, y golpeando en un nuevo ángulo.
Golpeando justo el ángulo correcto.
Repetidamente.
—¡Oh! ¡Edward! ¡Joder!
Me taladró con más fuerza.
—¡Ohh!
Sacudí mis caderas al compás de las suyas.
—¡Carajo! Yo me, yo-yo-yo…
No podía formar una oración coherente.
—Vente conmigo, Bella —gruñó.
¿Cómo puede esperar que alguien dure más tiempo cuando habla de esa manera?
—¡Edward! —olas de placer recorrieron mi cuerpo.
Lo oí gruñir una última vez antes de derrumbarse sobre mí.
Esperó hasta que nuestras respiraciones se clamaran antes de rodarse.
—Ahora necesito otra ducha —comenté ligeramente.
Se rió entre dientes.
—No hay agua caliente.


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