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| Disclaimer: De los personajes, Stephenie Meyer. De la historia, icecoldhamster. De la traducción, Sol. Sinopsis: Cítricos OSs de Edward y Bella en la vida matrimonial. |
‗‖Capítulo 4‖‗
.Te amo.
Tarareaba una suave melodía para mí misma mientras revolvía la salsa en la estufa. Estaba en eso como cinco minutos antes de que me diera cuenta de que era la canción que Edward había escrito años atrás. Sonreí levemente, lo que pronto fue reemplazado con un ceño fruncido; los doctores trabajaban demasiado para mi gusto. Él estaba, una vez más, en el trabajo, mientras yo estaba, otra vez, en casa, esperándolo. Supongo que eso es lo que pasa cuando te casas con un doctor y trabajas en casa.
Salté, sorprendida, cuando dos manos rodearon mi cintura.
También hice un pequeño desastre con la salsa en la pared de azulejos. Eso habría sido un problema en papel tapiz.
—¡Jesús, Edward, me asustaste carajo! —dije sin voz.
—Lo siento —murmuró, acariciando mi cuello con su nariz. Se adelantó y apagó la estufa.
—¿Qué estás…? —comencé.
—Shh —me cortó.
—Edwar…
Me dio la vuelta. Su expresión era intensa. Se veía tan aliviado.
Algo estaba pasando.
—Te amo, Bella.
—También te amo —le respondí sin pensarlo—. Edward, ¿qué pasa?
Suspiró y me atrajo en un fuerte abrazo.
—Es sólo que te amo tanto, tanto Bella. No quiero perderte nunca.
—¿De qué estás hablando? —él estaba comenzando a asustarme.
Suspiró de nuevo.
—He tenido un día realmente malo.
—¿Quieres hablar de ello? —sabía que tenía que preguntar.
Negó con la cabeza y me abrazó más fuerte. Moví mi mano hasta la parte posterior de su cabeza, enroscando mis dedos en su cabello repetidas veces. Movió su cabeza y comenzó a besar mi cuello. Sus labios eran el paraíso. Mis ojos se cerraron, e incliné mi cabeza a un lado para darle un mejor acceso.
Movió sus manos a mis caderas y me levantó del suelo. Envolví mis piernas alrededor de su cintura, no realmente atenta de a dónde me estaba llevando, y sólo vagamente preocupada por la salsa sobre la aún caliente estufa. No fue hasta que mi espalda golpeó el colchón que fui realmente consciente de que había salido de la cocina.
Su boca estaba en la mía tan rápido, que estaba segura de que había empezado a besarme antes de que siquiera él estuviera en la cama. Sus labios eran rápidos y brutales. Lamió mis labios con rapidez, los abrí. Su lengua se amoldó con la mía frenéticamente.
Apremiantemente.
Él estaba comenzando a asustarme de nuevo.
Rompí el beso, en parte porque necesitaba respirar.
—Edward —tenía la intención de llamar su atención, pero sólo salió sonando como un gemido. Movió sus calientes y húmedos besos a mi cuello.
¡Dios!
—Edward —lo intenté de nuevo.
Gruñó y alzó el rostro.
—¿Qué va mal?, dímelo —mi voz sonaba débil, delatando mi miedo.
Negó con la cabeza.
—No pasa nada, Bella. Relájate —me tranquilizó.
Empujé mis preocupaciones al fondo de mi mente y asentí con la cabeza. Besó mis labios, antes de moverse hacia abajo para morder la línea de mi mandíbula, moviéndose a través de ella hasta alcanzar el lóbulo de mi oreja. Incliné mi oído hacia su boca. Él lo chupó con fuerza con su boca.
Gemí. Él conocía todos mis puntos sensibles.
Metió sus manos debajo de mi camiseta, empujándola hacia arriba. Sus labios abandonaron mi oreja para ponerlos sobre mi cabeza. Se detuvo para mirarme. Eso me desconcertó un poco. No solía ser así de tímida con él, luego, otra vez, él no solía mirarme así tan… intensamente.
Fruncí el ceño e incliné hacia arriba su barbilla, de manera que pudiera mirarlos a los ojos. Alcé una ceja.
—Es sólo que eres tan hermosa —explicó—. Te extrañé hoy.
—No te fuiste por tanto tiempo.
—Aún así son demasiadas horas —murmuró, dejando caer su cara en mi pecho. Arqueé mi espalda; llevó sus manos debajo para desabrochar mi sujetador, arrojándolo a un lado cuando me lo quitó.
Se inclinó y tomó un pezón entre sus dientes. Mordió suavemente. Gemí.
—¡Me encanta eso! —susurré.
Llevó su mano a mi otro pezón y lo pellizcó. Gemí con suavidad y cubrí su mano con la mía, apretando sus dedos con más fuerza.
Interpuso su rodilla entre mis piernas y la presionó suavemente contra mí. Jadeé, con el aliento atorado. Empecé a girar contra su pierna. Movió su cabeza para mirar mi cara. Volví la vista hacia él. Me besó ligeramente y se sentó. Comenzó a desabrochar su camisa.
Demasiado lento.
La arranqué.
Me miró y enarcó una ceja. Me encogí de hombros y pasé mis manos pecho abajo, deteniéndome en la pretina de sus pantalones. Hice un trabajo rápido con el cinturón y la cremallera. El botón fue más difícil, simplemente no podía desabrocharlo.
Se rió entre dientes.
Fue entonces que me di cuenta de que era la primera vez que se había reído esa noche. Por regla, para este tiempo ya me tendría que haber vuelto loca con sus exasperantes risas, pero no esta noche. Fruncí el ceño y lo miré. Malinterpretando mi expresión, él mismo se desabrochó el botón, poniéndose de pie para bajarse los pantalones y bóxers de una. Se encogió de hombros ante lo que quedaba de su camisa y se volvió a dejar caer en la cama.
Me besó antes de que pudiera volver a preguntarle qué le pasaba, y comenzó a desabrochar mis jeans. Dejé que me los bajara por las piernas. Gateó de vuelta sobre mí y arrastró una mano desde mi cuello, entre mis pechos, todo el camino hasta mis bragas. No las quitó, en lugar de eso, me sintió a través de la húmeda y delgada tela.
Gemí. Posicionó sus manos en línea recta, desde mi clítoris hasta mi entrada, todavía por encima de mi ropa interior y comenzó a moverlas al mismo tiempo.
¡JODER!
¡Se sentía increíble! Estaba perdiendo el control de mi respiración. Mis ojos se cerraron por voluntad propia.
—Bella —se quejó.
Yo sólo volví a gemir.
—Bella —dijo de nuevo.
Negué con la cabeza, sabía lo que quería, es sólo que no estaba segura de si podría complacerlo.
Alejó su mano. Lloriqueé y abrí los ojos. Estaba arrodillado a un lado mío, mirando de nuevo. Ignoré eso y me senté. Ambos quitamos mis bragas, él las arrojó… a algún lugar, antes de sujetarme contra la cama de nuevo.
Moví una mano desde su agarre y la envolví alrededor de su gruesa erección. Gruñó y apoyó su cabeza contra mi frente. Apreté mi agarre, sus ojos revolotearon y cerraron.
Sonreí. Vamos a ver si puede mantener los ojos abiertos.
Comencé a mover mi mano, deleitándome con los pequeños gruñidos y gemidos que podía oír venir de él.
—Abre tus ojos —le dije cuando sus caderas comenzaron a moverse con mi mano.
No lo hizo. Sonreí más ampliamente y detuve mi mano.
—Abre tus ojos —ordené, dando vueltas alrededor de su cabeza con mi pulgar.
—Bella —gimió.
—Edward —respondí.
Abrió los ojos, moví mi mano para acariciarlo de nuevo, pero la atrapó antes de que pudiera hacerlo, llevándola arriba de mi cabeza con la otra y sacudió la cabeza.
—Probablemente sea una mala idea dejar que sigas con eso —dijo sin voz.
Sonreí. Me la devolvió, abriendo mis piernas un poco más. Entró rápidamente, deteniéndose por un segundo, antes de comenzar un ritmo insoportablemente lento. Besó mi boca, salpicando besos sobre mi rostro cuando tuve que recuperar el aliento.
Envolví mis piernas en torno a su cintura, tirando de él más profundo. Gimió.
—Edward —lloriqueé—. Más rápido.
Lo hizo, pero sólo un poco.
Suspiré de frustración. Me enarcó una ceja.
—Por favor, ¡más rápido, Edward! —rogué.
Gruñó, empujando más fuerte. Sentí que mis ojos rodaban y mi respiración se detenía.
—Iré más fuerte, Bella, si mantienes los ojos abiertos —su voz estaba justo junto a mi oído.
Los abrí.
Quitó una de mis piernas de su cintura y la enganchó por encima de su hombro. Gemí con fuerza ante el nuevo ángulo con el que golpeó.
Ahora se movió más rápido otra vez. Él no iba a aguantar mucho tiempo más. Moví mi mano libre hasta mi clítoris.
Edward frunció el ceño ante eso y quitó mi mano del camino, remplazándola con una de las suyas. No tenía ni idea de cómo se las arregló para mantener el equilibrio.
Su ritmo era cada vez más irregular y su respiración más pesada, en armonía con la mía. Me frotaba frenéticamente, presionándome con fuerza.
—¡Córrete, Bella! —ordenó.
¿Quién no podría cuando hablaba de esa manera? El calor llenó la mitad inferior de mi cuerpo, mientras mis espasmos lo rodeaban.
—¡Edward! —exclamé.
—¡Bella! —gruñó y se derrumbó encima de mí.
Salió después de unos pocos minutos y me acercó a él, envolviendo sus brazos alrededor mío.
—¿Ahora vas a decirme lo que pasa? —le pregunté, rompiendo el silencio.
—Ya te dije, tuve un mal día en el trabajo —suspiró—. Estaba trabajando en esta mujer, no lo logró. Tuve que decirle a su familia, a su marido. Si ella significaba para él la mitad de lo que tú significas para mí… —su voz se desvaneció—. Te amo, Bella.
—También te amo.


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