![]() |
| Disclaimer: De los personajes, Stephenie Meyer. De la historia, icecoldhamster. De la traducción, Sol. Sinopsis: Cítricos OSs de Edward y Bella en la vida matrimonial. |
.Hora del baño.
Suspiré satisfecha, mientras me hundía más en la tina. La cena estaba en el horno; calentándose, y el vino estaba en hielo; enfriándose. Lo único que faltaba era Edward, estaba trabajando doble turno en el hospital, no apto para otro…
¡SLAM!Me senté de un salto, mientras oía conmocionada que la puerta principal se abría y cerraba. No era como si nadie tuviera la llave de nuestra casa; un montón de personas la tenían, pero por lo menos llamaban primero para asegurarse de que no hubiera problema. ¿Quién irrumpía de esa manera?
—¿BELLA? —escuché la voz de Edward llamarme antes de que el pánico pudiera fijarse verdaderamente en mí.
Dejé escapar un suspiro de alivio y me hundí de nuevo a mi anterior posición. Respiré hondo para tratar de calmarme un poco.
—¡ESTOY EN EL BAÑO, EDWARD!
Oí golpear sus pies a cada paso, y corrió escaleras arriba y a través de nuestro dormitorio. Se detuvo justo antes de la puerta para empujarla lentamente desde su posición medio abierta, mirando el interior vacilante antes de entrar. Sus ojos vagaban de mi mirada a las burbujas casi derramándose por sobre el borde de la tina.
—Hola —tragó saliva audiblemente y me miró a los ojos otra vez antes de saludarme.
—Hola —respondí—, ¿qué haces en casa tan temprano? —alzó una ceja—. No es que no sea genial tenerte en casa tan temprano, pero si fuera sólo el hecho de ¡Vaya por Dios! asustar a tu esposa entonces…
—¿Qué? —se echó a reír—. ¿Te asusté?
—Sí, ¡me asustaste! Entras corriendo como pollo sin cabeza, golpeando puertas y cosas como media hora antes de lo que se suponía debías estar en casa, ¿y no pensaste que podría asustarme? Y…
Fui interrumpida por su risa.
Entrecerré mis ojos, ¡él era exasperante!
—No. Es. Divertido. Edward.
Dejó de reír, aunque una sonrisa se mantuvo en sus labios. Comenzó a caminar hacia la tina, cayendo de rodillas, y al nivel de mis ojos, cuando llegó al lado.
—No, tienes razón, no es gracioso en absoluto —comenzó a jugar con la considerable cantidad de burbujas que había puesto en la tina—. Lo siento.
Todavía estaba un poco irritada con él por haberse reído de mí, pero decidí dejarlo a un lado. No quería hacer una tormenta en un vaso de agua.
—Está bien —dije en voz baja.
—No, no lo está —susurró—. Déjame compensártelo.
Se arremango su camisa y se alzó por sobre la tina para arrastrar sus dedos por mis rodilla. Mi respiración se atoró.
—¿Y cómo planeas hacer eso? —pregunté, mi voz no era más alta que la suya. Me volví para mirarlo.
Sonrió.
—¿Cómo te gustaría que lo hiciera?
Fruncí el ceño. ¿Por qué siempre me volteaba la tortilla?
—Quiero que tú me lo digas.
Sonrió un poco más amplio.
—Muy bien, Bella —deslizó su mano lentamente por mi muslo—. Voy a tocar tus suaves y hermosas piernas.
Mantuvo su mirada en la mía mientras su mano se sumergía en el agua. Sabía que lo que quería estaba claramente escrito en mi rostro, y sabía que él también lo sabía. Su mano descendió más por mi pierna, sus dedos deteniéndose en dónde más lo deseaba.
—Voy a frotar tus húmedos y sensibles labios.
Mis ojos se ampliaron un poco y mi boca se abrió para aspirar un poco de aire cuando sentí su mano sobre mí, frotando pausadamente mis labios uno contra el otro. Gemí. Mis piernas se abrieron, chapoteando el agua contra las paredes de la tina. Mi palpitar se intensificaba a cada segundo que sus dedos tocaban mi piel.
—Voy a apretar mi mano en tu caliente y resbaladizo coño —su voz adquirió un filo grave que no había tenido nunca antes. Apretó su mano contra mi carne caliente, arqueé mis caderas hacia adelante, presionándome más duro contra él y gemí otra vez. Él respiró profundamente.
—Voy a pasar mis dedos por entre tus delicados pliegues, hasta llegar a tu…
Jadeé. Sus dedos dividieron mis labios y encontraron mi clítoris. Mis ojos se cerraron.
—¡Edwarrrd!
—¿Sí, Bella?, se siente bien, ¿no? —canturreó, frotando sus dedos en pequeños círculos.
—Sí, sí, no pares —dije sin voz.
—¿Qué tan bien se siente, Bella? —murmuró en mi oído, moviendo sus dedos más rápido.
—Uhh, demasiado bien —no era la respuesta más elaborada, pero con el placer ya corriendo por entre mis piernas, no estaba en la mejor posición como para estar dando buenas respuestas.
—¿Mejor que cuando te lo haces tú sola?
Me mordí el labio. No es que no quisiera responder a su pregunta, sólo tenía que dominar en mí un poco. Estaba dejándome llevar por sus dedos y quería que esto durara. Edward no necesariamente, detuvo sus movimientos.
Jadeé, mis ojos se abrieron.
—No te detengas, por favor, ¡no pares! —mi mano se movió para cubrir la suya. Traté de inducir a sus manos para que se movieran de nuevo, no lo hizo. Lloriqueé.
—Responde la pregunta —ordenó en no más que un susurro.
—¿Pregunta? —me había olvidado por completo de lo que me había preguntado.
—¿Te gusta más cuando hago esto? —movió sus dedos bruscamente. Gemí con voz ronca—, ¿o cuando lo haces tú sola?
—Tú. Tú. Siempre tú —más agua lamió las paredes de la tina cuando moví abruptamente mis caderas para conseguir que continuara. No lo hizo.
—¿Por qué?
¿POR QUÉ? ¿Estaba tratando de volverme loca? ¿Quería una esposa demente?
—Por-porque —bufé de frustración—. Joder, Edward, Yo no, ¡Por favor sigue!
—Dime por qué y yo —retorció sus dedos para dar énfasis— seguiré.
Respiré superficialmente.
—Tu toque es, es…
—¿Es? —meneó sus dedos de nuevo.
—¡Dios! —susurré—. Es como el mío, multiplicado por cien. No sé lo que tú vas a hacer, sé lo que yo voy a hacer —no estaba segura si algo de eso tuvo el mínimo sentido para él, apenas pude poner algo de sentido en las palabras en ese momento.
Pareció pensarlo por un momento, hasta que sacudí mis caderas con impaciencia. Miró hacia abajo, encontrándose con mi torturada mirada con una leve sonrisa.
—Lo siento, perdido entre pensamientos.
Apretó sus dedos directo en mi clítoris, mis ojos se cerraron y me mordí el labio de nuevo, un pequeño gemido escapó por la pequeña separación de mis labios.
—¿Era esto lo que buscabas? —desplazó sus dedos, moviéndolos en círculos de nuevo.
Asentí con la cabeza débilmente, antes de dejar caer mi cabeza hacia atrás de nuevo. Subí mi pierna sobre el borde de la tina extra grande, oí a Edward reír. Me acordé de cuando había visto por primera vez cuán grande era la tina, le había preguntado a Edward por qué había adquirido una tan grande, él procedió a mostrarme exactamente por qué era tan grande. Ahora mismo estaba extremadamente agradecida por su consideración a nuestra vida sexual, le daba mucho más espacio para que su mano maniobrara. Retorció sus dedos a la vez que hacían círculos.
—Uhhh, carajo —gemí.
Se rió de nuevo, pero no pude lograr que me importara, mi atención estaba puesta todavía en los retortijones, vueltas y movimientos circulares de sus manos mágicas de doctor.
—¿Bella? —su voz era ronca.
—¿Si? —respondí-gemí.
—Ábrelos.
Una palabra. Era todo lo que había dicho. Sólo una palabra. Pero significaba mucho. Probablemente lo más importante era que estaba a punto de traer mi exquisito tormento a su fin; él sabía perfectamente qué botones apretar.
Abrí los ojos, encontrándome con su cálida y verde mirada. Desplazó sus dedos para trabajar en el lado izquierdo de mi clítoris, haciendo que mi placer subiera un nivel. Me mordí el labio, tratando de prolongar el placer del pre-orgasmo durante tanto tiempo como fuera humanamente posible. Sus dedos se movieron más rápido. No pude aguantar más: mi espalda se arqueó, presionando sus dedos aún moviéndose sobre mi clítoris, mis ojos se cerraron por voluntad propia, y mi boca se abrió con un profundo gemido.
No sé cuánto tiempo me tomó para abrir los ojos y que mi respiración recuperara de nuevo algo de su ritmo normal, pero su mano seguía presionada contra mí cuando lo hice. Sus ojos aparentaban no haber abandonado mi cara en todo el rato.
—Me encanta ver eso —dijo sin voz—. Aunque me gusta más cuando puedo ver tus ojos —sonrió.
Le devolví la sonrisa con timidez.
—Lo siento, fue un poco… abrumador.
Soltó una risita.
—¿Compensó el haberte asustado?
—¡Definitivamente! —asentí con la cabeza bruscamente.
—Bien —sonrió—. Entonces, ¿hay lugar para uno más?
—Siempre.
Me deslicé por la tina para hacer espacio para que se pusiera detrás de mí, y observé cómo se desvestía. Su camisa y su corbata ya estaban fuera y tiradas a un lado de él en un montón en el suelo antes de que yo hubiera siquiera terminado de hacer espacio, estaba un poco decepcionada de que no hubiera visto esa parte, pero rápidamente mi atención se centró en él de nuevo, cuando se bajó los pantalones y bóxers por las piernas. Vi cómo saltaba en una pierna quitándose el calcetín del pie opuesto. Su erección se balanceaba libremente mientras lo hacía y no pude contener el gemido que se me escapaba. Eso me valió un destelló de esa asombrosa sonrisa torcida. Mi sonrisa torcida. Se quitó el otro calcetín y rápidamente se metió detrás de mí.
Colocada de espaldas en su regazo pude sentir su erección presionándose contra mí. Él gimió por la presión y desplazó mi peso, jalando mi espalda a su pecho. Metió sus rodillas en medio de las mías, separando más mis piernas. Besó mi cuello con suavidad; incliné la cabeza, dándole un mejor acceso. Suavemente mordió justo debajo de la línea de mi mandíbula.
—Mmm —gemí—. Me encanta cuando haces eso.
—¿El morderte? —preguntó contra mi cuello.
Asentí. Mordió de nuevo. Gemí otra vez. Sonrió; lo pude sentir contra mi piel. Moviéndose sobre mi hombro, mordisqueó más.
—Gime alto —ordenó—. Me encanta escuchar cuánto te gusta algo —agregó, susurrando en mi oído. Tomó el lóbulo de mi oreja en su boca y lo mordió suavemente antes de liberarlo.
—¡Edward! —gemí. Mis caderas dieron sacudidas.
Gimió.
—Bella y-yo…
—¿Qué quieres? —le pregunté—. Dime. Cualquier cosa, Edward. Haré lo que quieras.
Volvió a gemir.
—Solamente te quiero a ti. Sentada en mi polla.
Asentí con la cabeza y me alcé para posicionarme bien, antes de hundirme sobre él.
Soltó un gruñido.
—¡Dios, Bella! ¡He estado esperando todo el día para esto! No pude esperar ni siquiera media hora extra en el hospital, has estado en mi mente desde que salí de casa.
—¿En serio? —le pregunté, brincando sobre él—. ¿Qué estuviste pensando? —el agua chapoteaba ruidosamente sobre el borde de la tina. No me importaba, ¿a quién podría importarle algo tan trivial cuando un hombre estaba a punto de contarte sus fantasías?
Movió sus manos desde donde estaban hasta mis caderas, deslizándolas a lo largo de mi cintura hasta mis pechos. Mis pechos que estaban cubiertos de burbujas. Pellizcando ligeramente y tirando de mis duros pezones me contestó:
—Tú y yo y esa mesa en mi estudio que no hemos bautizado todavía.
—¿Ah, sí? —le pregunté sin aliento—. ¿Y exactamente cómo la bautizábamos?
Su respiración era tan irregular.
—Tú… inclinada sobre eso. Yo… detrás de ti.
Obviamente no estaba de ánimo para explicarse detalladamente. No importaba, de todos modos estaba segura de que averiguaría cómo la bautizaríamos pronto. Salté más rápido, él empujó hacia arriba a mi encuentro.
—¡Bella! —gimió—. Me vengo, no puedo…
—Vente —lo animé. Agarró mi pecho con más fuerza—. Vente, bebé.
Ahora gruñó cada vez que me palanqueaba en él.
—¡Ughhh, Bellahh! —gimió, mi nombre saliendo de sus labios con facilidad al tiempo que se venía.
¡Dios, me encantaba cuando decía mi nombre!
Después de que ambos recuperamos el aliento me jaló de nuevo contra él, todavía jugando con mis pezones.
—Me encanta esta tina —comentó.
Solté una risita.
—A mi también.


0 comentarios:
Publicar un comentario